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No es fácil transmitir lo que se siente cuando te has salvado de la muerte por unos minutos, por unos metros, por una casualidad del destino. Unos minutos me separaron del terror de las bombas. Si hubiese llegado solo algo más tarde a la estación de El Pozo, hubiese compartido la suerte de las víctimas, al tiempo que pude llegar a ser testigo del horror del primer tren que se acercaba a Atocha, escena dantesca que será muy difícil de olvidar. Salimos de allí, envueltos en humo y confusión, y, como un autómata, sin saber aún cómo, llegué al instituto donde trabajo, donde me eché a llorar sin poder articular palabra. Las llamadas se sucedían y la serenidad iba abriéndose paso, para poder pensar, pensar en lo que había sucedido. Escribí entonces un texto que quiero reproducir aquí:
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"Nada escapa al Gran Ojo. ¿Recordáis "El Américano Impasible"? Esta terrible masacre nos desvía la atención del verdadero problema. Cada vez tengo más claro que ETA es una farsa. Cuando los intereses de la derecha se ven amenazados mínimamente, se crea un foco de miedo y ánimo de venganza contra los que no son sino sus sicarios. La Historia está llena de excusas intervencionistas, de mentiras arregladas más o menos burdamente para justificar actos incalificables en nombre de la libertad y de nuestra seguridad. Quizás sea paranóico pensar que detrás de todo esté la CIA, que tantos experimentos y tan pocos escrúpulos ha tenido para realizar su política de intoxicación en todas partes: ¿Quién es Bin Laden? ¿Quién sufragó y alentó el fundamentalismo en el mundo? ¿Quién convenció a Aznar y compañía para participar en el conflicto iraquí? ¿Cómo ha llegado el terrorismo a controlar nuestra cotidianidad? Tantas preguntas.
Por lo pronto, han conseguido acabar con la campaña electoral y silenciar la política, amedrentar a la población y disuadirla de elegir en libertad. ¿ETA? Aznar y los suyos la han convertido en un instrumento para su propio beneficio. Los dioses, como siempre, se esconden. Me siento como en una tragedia griega, en la que las víctimas, siempre inocentes, son manejadas e instrumentalizadas por un destino diseñado en otra parte. ¿Quién puede sentirse ajeno a tamaño sacrificio ante tanta muerte absurda? Nos sentimos obligados a gritar, a expresar nuestro dolor, pero ¿ante quién? Antígona muere, y todos morimos un poco con ella.
Me siento frágil, incapaz de responder ante la avalancha de mierda que nos echan encima. Al final mi impotencia, mi desánimo, se convertirá en odio, odio visceral, contra ese Gran Ojo, que como bien advirtió Orwell, nos trata de someter y anular. ¡Ojalá y todas estas muertes nos hayan enseñado algo!"
Madrid, 11 de marzo de 2004
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DE DERROTAS GANADAS Y VICTORIAS PERDIDAS
Durante estos últimos años ha habido en España un gobierno que se ha dedicado a descalificar a los discrepantes, llamándoles antipatriotas y filoterroristas. Y la gente que ha apoyado a ese gobierno ha actuado en la misma línea, al modo de quienes en otros períodos de nuestra historia señalaban como sospechosos de ser un peligro para la sociedad a quienes simplemente dedicaban demasiado tiempo libre a leer. Es decir, que o estás conmigo o eres la antiespaña, porque la nueva forma de entender la democracia es que la democracia la encarno yo, que tengo el poder, por deseo de la mayoría, y los que no han sido elegidos por la mayoría deberían rendirse o exiliarse, junto con quienes no forman parte de la mayoría electora. Parece una tontería, pero se empieza así, acusando, y al final la acusación llega a calar y a convertirse en creencia general, y así, en ley: los que no están con los que han ganado son el enemigo a batir, el terrorismo, la subversión, el mal. Al matadero. La cosa se pone aún más interesante en cuanto que este gobierno que representaba en solitario a España y a la verdad, estaba al servicio del que podríamos calificar como el emperador del eje del bien, mr. Bush.
Ni qué decir tiene que la gente del partido gobernante había nacido inmunizada contra la corrupción, lo que nos explicaría su filiación natural en el mencionado eje. Esta gente configuraba un partido casualmente de derechas, esa sección de la política cuyos integrantes suelen acusar de actitudes dictatoriales a sus oponentes de izquierdas, porque ellos no saben nada de dictaduras. La derecha es esa parte de la política caracterizada por su amor al prójimo, preocupada eminentemente por los derechos humanos y la suerte de los necesitados. La política de la derecha es la que pone la economía al servicio de la corrección de las desigualdades, para que los que tienen menos puedan aproximarse más a quienes más tienen, y así todos podamos vivir mejor disfrutando de mejor calidad de vida. Esa misma. Por dar algunas pistas a quienes todavía no estén muy enterados, solamente.
Curiosamente, don Mariano Rajoy, candidato por el partido gobernante a la presidencia en las últimas elecciones generales, publicó unos artículos en la arcaica época socialista donde alababa extensamente una obra dedicada a la desigualdad humana, en los cuales nos mostraba como un mito creado por la perfidia de la izquierda la idea de que los seres humanos nacemos iguales. Nada de eso: los seres humanos podemos ser de primera, de segunda, y hasta de tercera, de acuerdo con las leyes de Mendel, de modo que, mira tú por donde, el sistema de castas de la India podría tener algún sentido en la península ibérica si no fuera porque solemos ir demasiado a misa los domingos y fiestas de guardar. Seguro que el que iba a ser nuestro presidente pertenece a la casta más de pata negra posible por obra y gracia de la ingeniería genética de la naturaleza. Pero, cosas del azar, a veces el determinismo no da la talla, y Rajoy no ocupa ahora el puesto para el que sin duda sus superiores genes le habían destinado. Esos soberbios genes derechistas que dieron al pequeño gran Josemari Aznar sus al parecer asombrosos atributos viriles, imprescindibles para ser un buen presidente del gobierno ibérico.
En fin, que de repente un día, aquellos cuyos genes eran de la mejor calidad para ocupar los puestos más importantes en nuestra sociedad y guiar a la masa inferiormente dotada en lo intelectual y en todo (esa masa abrumadora incapaz de entender que el gobierno de los genéticamente mejores, con su ínclito caudillo a la cabeza, la había apuntado en la invasión de un país extranjero a pesar suyo, con razones ininteligibles para ella), se encontraron con que la mayoría se había pasado a la antiespaña, abandonándoles. Increíble, inaudito. Pero había una razón que podía explicar perfectamente esto: "manipulación". El pueblo soberano había sido engañado por los antiespañoles, los filoterroristas, los sin patria, "los otros" (¿judeomasones?... sin duda, rojos, y por supuesto, batasunos). Ya se sabe: la gente se deja engañar, y pasa lo que pasó cuando se votó a Hitler. La democracia es una estafa porque la gente es tonta y elige equivocadamente. Los otros son Hitler, nosotros somos incorruptibles y buenos, y además los ganadores. ¿Qué ha pasado? ¡Manipulación! Qué imperfecta es la democracia, que permite a los otros gobernar gracias a la manipulación... genética.
Bien, los populares tienen la razón, y por tanto no pueden siquiera imaginar que han perdido estas elecciones porque estaban equivocados en algo. No pueden imaginar la democracia más allá de ellos, fuera de ellos, ajena a "la razón". Por tanto, han perdido porque el pueblo se ha dejado engañar. La mayoría ha sido presa de los sentimientos más mezquinos: el miedo, incluso el odio. Bush, su amigo, lo entiende perfectamente: los españoles no tienen los mejores genes y actúan como cobardes, por lo que han votado coaccionados por un atentado terrorista. Esa es la explicación. Para el gobierno norteamericano es muy natural que los españoles sean así: son natural y genéticamente inferiores, y por eso no están destinados a jugar ese papel que Aznar creía que sería el de España, y no el de esos paisuchos "que no sirven". Mestizos, latinos, sureños, los españoles son cobardes y traidores por naturaleza, qué se le va a hacer.
Como no hay democracia posible aparte del PP, ha ganado la antiespaña filoterrorista, o sea, Al Qaeda. Sólo faltaba el caso Carod. La izquierda al final tiene que quedar con los de ETA, como no podía ser de otro modo: el partido socialista colabora con los asesinos. Sólo queda decir que Zapatero come niños crudos para desayunar. El hecho es que el PP no podía sufrir al partido socialista en el gobierno de Cataluña, como no lo podía soportar en Madrid ni en ninguna otra parte. Pero entonces, ¿preferían que Cataluña quedara enteramente en manos nacionalistas e independentistas? Porque lo que no comprenden los que suelen identificarse directamente con la razón es que su actitud totalitaria es de lo más rentable para quienes necesitan hacer de la confrontación su apoyo de cara a la opinión pública. Lo mejor para los nacionalismos periféricos es que en el gobierno central se haga una política autoritaria, reaccionaria, intransigente, fanáticamente centralista y cerrada al diálogo. Un gobierno ultranacionalista español, obsesionado con los símbolos patrios de palabra y obra, siempre con las palabras "patria" y "patriota" en la boca y permanentemente envuelto en la bandera por si quedaba poco claro el país de procedencia. Así es como, motivadas por una reacción alérgica, las autonomías con más personalidad propia vieron incrementarse sus nacionalismos peculiares por efecto de una lógica actitud de autodefensa. Pero claro, la izquierda judeomasona debía entrar dentro del bloque de los excluidos por la democracia monolítica de los amos de la razón y de la constitución. Solo ellos podían caber, sólo los capaces de pensar del mismo modo, o sea de no pensar por sí mismos: la nueva democracia del partido popular, España frente a la antiespaña.
Un día, 11 de marzo de 2004, hubo un horrible atentado islamista en Madrid. Murieron alrededor de 200 inocentes porque parece que según el Corán hay que responder a quien consideras que te agrede con la misma moneda, igual que Bush se considera agredido por el que con ese tono tan pueril llama "eje del mal". ¿Por qué? Pues porque España se había embarcado en la cruzada contra el Islam del señor Bush, y por tanto, enemigo del Islam, Dios misericordioso tenía que castigar a sus infieles cruzados del Pozo del Tío Raimundo o de Santa Eugenia, niños que iban a estudiar o mujeres embarazadas, como moneda de cambio de los mismos niños o mujeres u hombres inocentes exterminados por las bombas de los invasores de Irak. Este atentado espeluznante podría haber impulsado a los españoles a atacar directamente a los causantes del atentado de acuerdon con las tesis de Bush y del PP, como de hecho sucedió mientras creyeron que el culpable había sido ETA. Entonces, ¿por qué razón sucedió justo lo contrario? El miedo no habría hecho votar al PSOE de haber sido ETA el causante del atentado, ¿por qué aquí, según el PP, tuvo que actuar el miedo? ¿por qué en el caso de ETA no habría ganado el terrorismo y sí en el de Al Qaeda? Porque en realidad no ha sido el terrorismo ni el miedo lo que ha ganado las elecciones. Entre otras razones, como el desgaste acumulado por un gobierno al que se suponía ya sin mayoría absoluta, motivado por episodios tan escandalosos como el Prestige, la actitud ante la guerra de Irak o el asunto del Yakolev, la gota que ha colmado el vaso de la paciencia de la mayoría ha sido encontrarse víctima de una amenaza terrorista cristalizada en un atentado inconmensurable, gracias justamente a la política irresponsable de un gobierno con la que se había mostrado mayoritariamente en desacuerdo.
O sea, los españoles se encontraron en la mañana del 11-M con que gracias a la política de su gobierno, con la que se hallaron mayoritariamente en desacuerdo, estaban siendo masacrados. Despertaron, bombardeados, en una pesadilla que jamás habían creído que pudiera hacerse realidad, y todo por culpa de un gobierno cuyo talante democrático le impidió imaginar que la razón pudiera estar de parte de un 90% de la población en lugar de con ellos.
Dándose cuenta de que a todo lo demás se añadía que la política de su gobierno les había llevado, por su irresponsabilidad, a convertirse en la diana de algo semejante, los españoles reaccionaron en consecuencia. Porque Aznar no se había preocupado tanto por la seguridad de su pueblo como de su propio prestigio personal. Sin embargo, la situación no habría sido tan grave si el gobierno no hubiera intentado por todos los medios mantener a la gente al margen de la verdad para manipular su voluntad de voto en el último momento, y eso fue lo peor, si cabe.
El Partido Popular acusa ahora a los socialistas de utilizar el terrorismo para gobernar. Sin embargo, ellos hicieron precisamente eso jugando con el derecho a saber la verdad entre ETA y Al Qaeda, sacando al primero como una marioneta de un arcón e intentando esconder al otro de la mirada del público. Fue el Partido Popular quien jugó con el terrorismo al hacer de él un mero instrumento de su estrategia política, algo que ha quedado bien patente en la actitud delirante de su gobierno para hacer creer de forma desespeada a la población que el gran atentado del 11-M en Madrid se debió al tipo de terrorismo favorable a él.
El PP se ha presentado como el principal paladín de la Constitución, no por ella misma, sino por representar la unidad del Estado español, al que este partido gobernante contempla de un modo estrechamente nacionalista que recuerda al estilo del régimen predemocrático. Para el PP la constitución es un símbolo de la unidad nacional de España, que complementa al de la bandera. Es un sentimiento de estilo castrense culminado con la erección de la bandera gigante de la Plaza de Colón, donde de alguna manera se pretendió dar un giro militarista a la sociedad civil con actos públicos en homenaje a la bandera al estilo americano.
En realidad, el señor Aznar necesitaba del sentimiento de estar siendo atacados en la unidad de la nación española por enemigos exteriores, de modo que así la sensación de constituir una especie de ejército o pueblo en armas a nivel nacional se cumplía en el hecho de hallarse todos enfrentados a agresores opuetos a la nación. Así España se constituiría en la secta del PP, sometida al caudillaje de un gobierno revalidado perpetuamente por la confianza de un pueblo obediente. ¿Y quienes eran estos agresores? primero los terroristas, por supuesto. Los terroristas tradicionales, los vascos, los etarras. Pero luego los nacionalistas, los que intentaban destruir la unidad de la nación, y por último los disidentes o discrepantes de las tesis ideológicas del partido popular, del gobierno español existente: los izquierdistas, los antiespañoles.
Gracias al terrorismo, el PP lograba su papel aglutinador de la nación en armas, y por eso era lo más lógico que Aznar se pegase como una lapa a la forma de hacer de Bush, para quien el terrorismo internacional es un horrible y descarado instrumento para convertirse a nivel mundial en el aglutinador universal contra el mal, de modo que el mundo se transforme en un dominio "americano", en un imperio de "América". Aznar y su partido encontraban en Bush el modelo perfecto de su forma de ver la vida y la política. El modelo y el sostén. Con esto se intenta decir que a pesar de ser un partido gobernante gracias a las urnas, en el fondo se ha servido de la democracia, comod e la constitución misma, como del terrorismo, para sus particulares intereses en absoluto democráticos, aún no visibles para la mayoría hasta quizás las últimas elecciones. Y bien, las víctimas del terrorismo se convierten en peones de un tablero de ajedrez político vergonzoso, como ha ocurrido con los casi 200 muertos del atentado del 11-M de Madrid. A esto ha jugado el Partido Popular: a exponer irresponsablemente al pueblo español a una guerra espantosa de un carácter increíblemente sanguinario, con tal de convertirse en al partido monopolizador del poder en el país.
De un modo inhumano, Aznar y los suyos tramaron tras el atentado convertir el acontecimiento en una agresión contra la patria por parte de sus enemigos tradicionales. Al Qaeda no formaba parte de este plan porque es un enemigo de "América" antes que de España, algo percibido por ese 90% de españoles opuesto a entrar en el conflicto contra Irak donde no se nos había perdido nada y donde los fanatizados por el PP ven ahora una cruzada mesianista y cuasi medieval, realmente quijotesca y sin sentido práctico para los intereses del país, en pro de la fe democrática en el mundo. Si la gente hubiese sabido que gracias a esta cruzada liderada por los caballeros de "América", la quijotesca España estaba siendo masacrada por nada más que la fe en un ideal universal, podría ser el fin del poder popular en el solar patrio que consideraban su cortijo privado. Por eso no podía ser Al Qaeda el autor del atentado,y los mismos que ahora intentan engañarnos a todos igual que lo intentaron con el Prestige y en otros casos, tratando de hacernos creer que no mintieron y que los del partido vencedor de las elecciones han manipulado al pueblo, hicieron lo imposible por manipular las conciencias a fin de evitar que se diesen cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Hicieron algo tan increíble como que el propio presidente, el líder de nuestra democracia, se puso en contacto con los medios informativos nacionales y extrtanjeros para instarles a exponer la información en el sentido que electoralmente favorecía a su partido. Cuando ya se conocían los indicios de la participación del terrorismo islámico desde las once de la mañana de ese terrible día, el gobierno del PP ocultó esta información hasta pasadas las ocho de la tarde, y se dedicó a jugar al gato y al ratón pra manipular a la gente de modo que creyese que el terrorismo islámico era una posibilidad remota en la participación del atentado. La desfachatez llegó a tal extremo que en Telemadrid y en la primera cadena de la televisión estatal se emitió la misma película sobre el terrorismo de ETA en días sucesivos, y para mas inri el último, el de la misma jornada de reflexión. Esta intoxicación de la opinión pública, unida al frenesí de la ministra de asuntos exteriores por convencer a los demás gobiernos de que diesen ante la opinión pública española la imagen de que lo sucedido había sido un atentado de ETA y no otra cosa, a pesar de toda evidencia policial, no ha sido interpretada por los fanáticos del Partido Popular como una forma vergonzosa y peculiar de hacer campaña electoral incluso el mismo día de la jornada de reflexión, y hasta un motivo para impulsar a muchísima gente a reaccionar airadamente frente a la desinformación, sobre todo de cara a la necesidad de saber qué hacer ante la inminencia de las votaciones.
Sabiendo esto, no es de extrañar que bastantes millares de personas en muchos puntos del país salieran en la noche previa al día de las elecciones como si estuviéramos ante un sorprendente espectáculo de la revolución francesa, o en una escena del motín de Aranjuez. La situación en la que el gobierno del Partido Popular había colocado a la democracia española, que no es precisamente un lugar remoto en la vastedad incierta del tercer mundo, resulta alucinante. Pero el despropósito va a más, parafraseando el eslogan electoral del Partido Popular, a la par que la actitud antidemocrática, emponzoñando la misma marcha política y social del país.
Lo más grave últimamente es que el partido Popular achaca la pérdida de las elecciones a una actidud antidemocrática de los vencedores y hasta de sus votantes, que son la mayoría de los españoles. Este juego increíble de los populares lleva al punto de colocar a la democracia española en la encrucijada de la deslegitimación sólo para aferrarse al poder. No les bastó con utilizar a los alrededor de doscientos muertos del especialmente estremecedor atentado del 11-M para su estrategia electoral, de un modo infame y cruel que recuerda a la frialdad inhumana del franquismo, incluso transformando la manifestación antiterrorista posterior en un acto partidista más parecido a un homenaje a la bandera en la plaza de Colón contra los enemigos de la nación y no contra los enemigos de la humanidad, de personas procedentes de donde nacionalidades diferentes, sino que además ahora ponen en peligro la estabilidad democrática por el mismo motivo.
Ustedes juzguen las evidencias. Así pues, quizás sería legítimo dar... un golpe de Estado, ¿no? Porque, vamos a ver, si cuando el Partido Popular no gana las elecciones resulta que la democracia no sirve, ¿por qué no tomar el poder por las bravas, ya que la única legitimidad democrática pertenece, como genéticamente, al Partido Popular? Y alegan que esa manipulación se llevó a cabo tras el atentado, porque los españoles, que no somos mayores de edad, no sabemos sumar dos más dos, y nos hicieron creer que suman cinco.
Por supuesto, la izquierda batasuna y antiespañola ha conseguido lavar el cerebro de los españoles, anulando la democracia, de modo que la democracia ya no sirve, pero la democracia habría servido de haber conseguido el PP convencer a la gente en el sentido de que el atentado lo hubiera cometido ETA, para que los muertos de ETA hubiera servido al PP en las urnas. Qué excelente. Y por supuesto, las protestas ante las sedes del PP en plena jornada de reflexión sirven de pretexto a estos paladines de la constitución que deslegitiman unas elecciones generales para salir a vocear a la calle a pedir que su candidato sea presidente a pesar de las elecciones. Se habla de un "toma y daca", como si la protesta anterior contra el gobierno fuera comparable a las manifestaciones ilegales de los peperos a favor del mismo y así aquélla justificara éstas. La aberrante manipulación del gobierno ahora en funciones quiso hacernos creer que fue una protesta orquestada, vamos como si el PSOE se hubiera dedicado a arrojar monedas de oro desde la calle Ferraz para pagar agitadores. Pero la gente que salió a protestar no se presentó ante las sedes del Partido Popular en toda España para reclamar un gobierno del partido socialista, sino para exigir al gobierno vigente la responsabilidad de informar y la de haber desinformado, intentando engañar y además utilizar a los muertos, y por supuesto también sirvió para que muchos dieran rienda suelta a todo lo que tenían que decir sobre la acción de este gobierno en relación con la guerra causante del 11-M en la que se nos metió en contra de la opinión general de este país.
Esta oleada de indignación no fue provocada por Ferraz, sino por el mismo gobierno, por su manipulación, su instrumentalización de los muertos, del pueblo, y por su autoritarismo antidemocrático que de paso ha amenazado con convertir a este país, por lo menos, en un escenario de conflicto civil al nivel que fuere. Sin embargo, las manifestaciones de fanáticos peperos que han sido además convocados para mostrar su fuerza frente al gobierno democráticamente elegido han sido realizadas con simple ánimo revanchista y se han atrevido a crispar la vida social española perturbando el orden público no para exigir cosas necesarias, derechos conculcados, sino únicamente para mostrar una adhesión violenta a una facción política, y eso con la alucinante imagen del que iba a ser nuestro presidente saltando de la ventana de su sede en Génova para someterse a la idolatría de su parroquia como si fuera Julio Iglesias o David Bisbal. "Eso" iba a ser nuestro presidente.
Para finalizar, resumamos diciendo que frente a la "razón" de los que pretenden identificarse con ella, de quienes la sostienen como si no hubiera lugar para un pensamiento alternativo que pudiera discutirse por medio de un diálogo civilizado de modo que se llegue a una verdad comprensible para todos, la razón del resultado legítimo de estas elecciones generales no fue el terror del pueblo, ni la manipulación del mismo, ni el chantaje de Al Qaeda. Esto es lo que pretenden quienes no soportan que la democracia, la constitución y el pais no sean monopolio suyo, como en una dictadura por lo menos encubierta.
La razón nos dice que existe una perspectiva alternativa, que nos lleva a confiar en los votantes y en el sistema democrático, porque ciertamente el pueblo puede no estar preparado para una democracia pero para prepararlo primero hay que confiar en su capacidad de poder elegir en libertad. Esa visión alternativa se fundamenta en los hechos observados antes del horrendo atentado, que nos llevan a comprender la reacción popular posterior como algo lógico y no como algo absurdo y pervertido: que la gente despertó en medio de un baño de sangre a la evidencia de que su gobierno había jugado con su seguridad como un niño que se dedica a romper sus juguetes después del día de Reyes, indignándose ante el hecho de que algo con lo que mayoritariamente habían estado en desacuerdo pudiera provocar semejante consecuencia gracias al autoritarismo, a la estrechez de miras y al supuesto quijotismo, aunque en realidad, actitud completamente interesada, de sus gobernantes. Esto lo sabían éstos a la perfección cuando trataron de escamotear y manipular la información, lo que igualmente percibió la mayoría, redoblando su furia, porque la gente no es deficiente mental como este gobierno tan poco democrático ha pretendido de principio a fin. Al menos, es una de las claves que permiten entender antes de condenar la elección democrática de un pueblo, lo que puede sumarse a la exposición de otras, como la del arrastre de una insatisfacción debida a otras medidas y actitudes de ese gobierno, lo que por lo menos habría llevado según las encuestas a hacerle perder su mayoría absoluta.
El atentado no fué, si se puede permitir la expresión, habida cuenta del horror del hecho en sí, más que la gota que colmó el vaso de la paciencia del país en un crescendo de despropósitos que se saldó finalmente con esas doscientas víctimas como pago por el peaje hacia el poder. Una gota tan grande como todo un océano de sangre humana, pero que la gente del PP y sus simpatizantes parecen valorar casi como un accidente de tráfico, igual que Fraga considearaba a las víctimas de la guerra de Irak.
Madrid, 17 de marzo de 2004
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A UN MUNDO QUE DESAPARECE
18-5-2004
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Todo es ceguera y sordera. Todo el mundo cree tener la razón, pero nadie es capaz de intentar comprender. Todos hablan al mismo tiempo, a gritos, pero al final triunfa lo peor, y el acuerdo es para lo que no exige esfuerzo de reflexión: lo determinado sin saber muy bien porqué. Así es regido un mundo destinado a desaparecer.
La víctima es la verdad, sencilla, humilde, carente de pretensiones, que no tiene avidez de poder ni ánimo de lucro, y cuando la verdad es rechazada en medio del triunfo del orgullo y de la codicia, del egoísmo y de la hipocresía, estamos en un mundo que agoniza.
¿Cuándo ha sido de otro modo? Se preguntan todos. Siempre ha sido igual, se dicen autoconvencidos y autosatisfechos, sin darle a nada la más mínima importancia. Ciertamente la ceguera, la insensibilidad, la arrogancia, la falta de conciencia, han generado tremendas convulsiones destructoras de mundos, pero hoy las hemos olvidado. No hace mucho se desató un increíble infierno amparado por dólares y cruces gamadas y consolidado con una explosión como jamás la hubo en la historia, pero hoy contemplamos desde las pantallas de nuestros salones como los infiernos nacen y se renuevan día a día y no pasa nada, entre uno y otro plato. No pasa nada. Hemos conjurado el apocalipsis, todos los apocalipsis, porque incluso tras esa explosión nunca soñada continuamos viviendo y ahora la comodidad es absoluta. Hemos conseguido la gran paz eterna.
Nunca como hoy se ha estado tan seguro de que el mal no existe, de que la moralidad es un cuento para niños de otro tiempo. No hay mal porque tampoco hay bien. Sólo hay comodidad, sólo hay éxito y derrota. Nunca fue tan cierto como hoy el sólo creo lo que veo. El bien material no tiene otra connotación que la de su propio disfrute y es esta, como en ningún otro tiempo, la verdad que triunfa por encima de todo, a pesar de quienes incluso ahora aparentan escandalizarse por ello. Aún hay que guardar las formas si se quiere tener una buena apariencia de cara al público que consume lo que fabricas. Eso sí, nadie quiere parecer partícipe de una mala causa, de algo que la época censura y desaprueba. ¿Es la voz de la conciencia, de la moralidad? No tanto, es sólo una mínima estética para la tranquilidad de la mente. ¿Queda, pues, aún una noción del bien y del mal? Pero muy limitada, que no rebase las fronteras del bienestar privado donde no husmean los demás. Es sólo que no resulta de buen tono parecer malo. Es la apariencia de malo lo que importa, no que lo seas. Si pareces bueno, sonriente, amigo de los niños y defensor de causas agradables, recibirás el amor del público. Lo importante es saber identificarte con la mayoría: lo que quiera la mayoría, he ahí lo fundamental. ¿Ha pasado esto en otros momentos? Nunca como en esta época de la imagen y de la exterioridad consagrada hasta el infinito. Nunca como en este tiempo donde lo material tiene un aprecio absoluto como jamás lo tuvo. La moralidad se ha convertido en una cuestión de imagen para el mercado, para permitirte colocar mejor la producción al público. No hay moralidad, sino apariencia de la misma; no hay bien, sino aparentar el bien. Y la medida de todo es el éxito en medio de la hipocresía y de la mera imagen, porque cuando se cuida así del aspecto la verdad es una pantomima.
No podía ser de otro modo. El ejemplo de los siglos no podía llevar a otro lugar: matanzas, horrores sin nombre, venganzas del poder, ostracismo y aniquilación para los que quieren justicia y verdad. Pero hoy el lema es “quien quiere, puede”, y por tanto, el que quiere justicia y verdad… consigue cuando menos ser escuchado y encumbrarse en medio del aplauso público. Porque hemos llegado a la época perfecta, la época en que los hombres justos y buenos son considerados y aclamados por el mundo, donde triunfa por fin la voz de los honrados y sabios. La época de la perfección ha abierto sus puertas a la historia. Tal es el gran engaño de nuestro tiempo, la apariencia del bien triunfando en el poder. El hecho es que tanto sabio y honrado triunfante no ofrece al mundo más solución que la de su propia victoria personal. No cambia nada, no piensa otra cosa que lo ya establecido, no puede dar porque sólo aspira a coger. ¿Qué necesita el mundo? ¿Qué hace falta para que cambie lo que está sucediendo? Tantos premios, tantos regalos, tantos agasajos, tantas fiestas, tantas luces para los encumbrados… Mientras, en la realidad, triunfa la rapiña y el sálvese quien pueda. ¿O estamos en el más perfecto de los escenarios imaginables? El del salón de casa que aparece en la publicidad por televisión…
No cambiamos lo esencial, establecer que hay algo más que no sea material como fundamento de la revolución ética que queremos ofrecer, porque el triunfo de la paz, de la comprensión y de la solidaridad en el mundo no podrán fijarse encima de lo meramente físico. Se habla de la ciencia, del rigor de las demostraciones, de que ya ha habido bastante espiritualidad asesina. Por otra parte, claman los dioses ávidos de sangre desde la noche de los tiempos, noche de oscurantismo mental. ¿Qué hará la humanidad para progresar? ¿Qué puede hacerse para vencer a la muerte de una época anclada en la falsedad moral mientras las nubes de tormenta truenan cada vez más cerca y con mayor amenaza? ¿Seguiremos creyendo que la espiritualidad no es más que un instrumento para lobos vestidos de cordero, que no garantiza otra cosa que las ya padecidas intolerancias seculares, las masacres en nombre de un dios verdadero, las entronizaciones de pontífices y otros gurús ávidos de poder mientras la gente es explotada en pro de paraísos imaginarios? Si sabemos identificar lo que es correcto para que la vida sea justa para todos, para que no triunfe la ambición por encima del ánimo de hacer el bien a los demás, hemos de comprender que tras ello se halla la auténtica espiritualidad, y sin esta noción nada podrá transformarse de modo que se tome en serio el cambio para el mundo, un cambio de la conciencia antes que de la propiedad, manera que la corrupción no acabe echándolo todo a perder una vez más, quizás para siempre.
Pero qué complicado es esto para las personas de nuestro tiempo. Ellos sólo ven, por una parte, las cosas prosaicas de cada día; por otra, a los predicadores que esgrimen libros consagrados, según dicen, por Dios. ¿Es que continuaremos ciegos y sordos? ¿Seguiremos sin saber reaccionar por nosotros mismos y utilizar nuestras conciencias de manera independiente para conjurar la decadencia de nuestro mundo? Sí, la decadencia generada por el estancamiento mental de toda una civilización que no sabe seguir adelante en lo profundo y repite y repite las mismas coordenadas carentes de esencia y de verdad, en medio del encumbramiento de los hipócritas y los codiciosos.
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NAZIS DENTRO Y FUERA DE LA MESA
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Este texto es anterior a los atentados del 11 de marzo, pero he decidido añadirlo aquí porque quiero dar mi opinión acerca de los graves acontecimientos que tuvieron lugar con respecto al apoyo del gobierno español del PP a la guerra de Irak, lo que motivó la tragedia de Madrid (cosa que ha quedado ya sobradamente demostrada). España fue introducida en ese conflicto de un modo tal que parecía irreal, como si todo estuviera ocurriendo en una pesadilla o en una de las alucinantes cuartetas de Nostradamus.
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Ninguna guerra resulta justificable en modo alguno. Siempre he detestado la violencia, sobre todo la institucionalizada. Esta postura puede parecer tan utópica que aunque se la contemple con cierta simpatía no dejará de ser tenida por ajena a la realidad por las personas que se consideren realistas. Sin embargo, estas personas, a mi modo de ver, son en realidad fatalistas. El fatalismo, no el realismo, es lo que les impide creer que es posible un mundo en el que la fuerza no sea la garante de la justicia, donde prime la sensibilidad en la educación por encima de la arcaica disciplina y donde el “ama al prójimo como a ti mismo” sea la máxima de todo proceder. En esta época ello no es así porque se educa a la gente en la ambición, el sálvese quien pueda, el miedo y… claro está, el fatalismo. Por encima de todo, en lugar de la solidaridad, el principio de autoridad y el liderazgo: la ley de la fuerza. Es una pintura sombría, pero como soy optimista creo en una realidad alternativa a aquella que ahora nos empuja a sacrificar masas humanas al terrible dios misil como única posibilidad para salvarnos de sabe Dios qué.
Bien, como no soy fatalista no puedo creer en la inevitabilidad de las cosas. Por eso no puedo creer que ninguna guerra sea inevitable, ni siquiera cuando hablamos de guerras pretéritas, como aquella que culminó con la explosión atómica de Hiroshima y Nagasaki. ¿Acaso fue inevitable hacer esto? ¿Fue quizás inevitable arrasar, por ejemplo, Dresde, para acabar con Hitler? ¿Quizás tantas vidas humanas inocentes tuvieron que ser inevitablemente destruidas para hacer imperar la paz, la libertad, la democracia? ¿No podía haber sido de otro modo? Hay quien a todas estas preguntas responde irrevocable y tajantemente, sin siquiera exponerse al riesgo de la duda: no había alternativa. Quien así piensa demuestra no ser capaz de entender lo que significa una guerra, no es capaz de ponerse en el lugar de quien sufre, ya que para él la guerra es sólo un mal menor para corregir otro mayor. Pero la guerra, para el que sabe, para el que no está entre los que se creen vencedores y los que imaginan en su fuero interno que estarán siempre a salvo, es ya el mal mayor.
No hay nada peor que la devastación y la muerte, aunque se piense que también en este plano se puede jugar dentro de una escala de grados mayores y menores. Con la guerra, con la devastación y la muerte, no se debe jugar. Se trata de algo que es preciso evitar en cualquiera de sus grados. No podemos hacer algo como decirnos: prefiero que maten sólo a mi padre o a mi madre que a ambos, como si fuera una cuestión meramente aritmética. Aquí es cuestión de no dejar pasar ni un pelo, de no ceder en absoluto. Por lo tanto, no creo, como los fatalistas, como los fanáticos, que la segunda guerra mundial fuera justa. No creo que la segunda guerra mundial fuera inevitable. ¿Qué habríamos hecho entonces con Hitler?, se me preguntará.
Quizás me equivoque al dar una solución alternativa, pero hay que intentarlo todo antes de dejar paso a algo como la segunda guerra mundial y sentirse satisfechos de poder comenzar con algo parecido en alguna parte futura de la historia. Mi respuesta es que Hitler como dirigente político podía haberse evitado sin echar mano de la violencia. Si los alemanes no hubieran sido tan humillados y condenados a la penuria económica tras la gran guerra quizás no se habrían echado en manos de un dictador sanguinario que les prometiera el imperio alemán de los mil años para todo el universo.
A lo mejor habría que haber tenido cuidado para que el revanchismo no hubiera hecho de los alemanes unos resentidos y unos desesperados capaces de cualquier demencia milenarista. Pero es que Hitler fue incluso aplaudido por políticos tan democráticos como Winston Churchill, que sólo lamentaba que en vez de alemán no hubiera sido inglés, hasta que luego tuvo que enfrentarse a él. Es decir, que Hitler encontró además simpatías y apoyos internacionalmente. El mundo no le veía entonces con tanta oposición como ahora le vemos, lo que da una idea de la clase de mentalidad que propició su existencia cuando, antes incluso de que se le hubiera aupado al poder, podría haberse evitado la tremenda influencia que llegó a conseguir y que le permitió, ordinario y ridículo como era, intentar nada menos que adueñarse del mundo.
Hitler pudo haberse evitado antes de empezar una nueva guerra, pero el belicismo de su discurso daba esperanzas, sin duda, a los señores del capitalismo para que una nueva conflagración, al poner en marcha la industria y bajar los índices de paro, consiguiera hacerles remontar la crisis de los años treinta. Menudo negocio en perspectiva. Por eso la segunda guerra mundial no pudo evitarse, porque no existió la voluntad para ello, y los fatalistas actuales se sienten satisfechos de que se produjera con el objeto de volver a reproducirla de acuerdo con otros intereses que requieran una nueva “inevitabilidad” de acontecimientos parecidos que permitan evocarla como sagrado ejemplo. He ahí porqué ahora se la invoca con tanta frecuencia, como un horrible fantasma surgiendo de una tétrica tumba, no para evitar su repetición, sino precisamente para volver a repetirla con timbales y trompetas. Estos modernos admiradores de la segunda guerra mundial, que la utilizan para justificar una guerra moderna, tampoco tienen la voluntad necesaria para pensar en una evitabilidad de lo que no debería jamás haber ocurrido.
Y bien, ahora viene el papel estelar, imprescindible, de los norteamericanos. No sólo se evoca el fantasma de la segunda guerra mundial para justificar la guerra norteamericana contra Saddam Hussein, es que en vez de considerar las razones que se aducen para realizarla se esgrime como principal argumento contra quienes se oponen a ella que son antiamericanos. Parece como si lo más importante no fuera la guerra en sí, sino el hecho de estar a favor o en contra de Estados Unidos, y en realidad es la esencia de la cuestión, porque al exponerla en tales términos se revela que lo que está en juego es la adhesión a Estados Unidos, o mejor dicho la subordinación a sus intereses planetarios. Pero el tema se expresa así con tal fanatismo religioso que el no estar de acuerdo con la guerra se hace equivalente a oponerse a Estados Unidos al mismo nivel que los terroristas que destruyeron las torres gemelas. Ya no es estar a favor o en contra de la intervención militar, sino estar con Estados Unidos o ser enemigo suyo. Lo que se pone en cuestión es el amar cuanto significa Estados Unidos de América o rechazarlo, así que la presente guerra se vuelve principalmente un tema de fidelidad religiosa a Estados Unidos y tenemos que estar de acuerdo con ella para no ser infieles. En estos términos, la dictadura mental que Estados Unidos nos impone resulta manifiesta, y resulta un deber para toda persona que se proponga defender su libertad de pensamiento en cualquier parte del mundo, incluidos los propios Estados Unidos, el rechazar semejante planteamiento impuesto desde las esferas de poder norteamericanas y difundido por sus indecentes propagandistas.
Ahora bien, el argumento más esgrimido por semejantes propagandistas de los intereses imperialistas norteamericanos es el papel de la actual superpotencia única en la segunda guerra mundial como liberador de todos nosotros a quien debemos gratitud eterna. Si bien esto no vale para nosotros, los españoles, pues es de sobra conocido su apoyo a otro dictador muy alabado por Manuel Fraga, los europeos no deberían sentirse esclavizados por la supuesta deuda contraída hacia Estados Unidos, ya que éstos actuaron en Europa por motivos más prosaicos que el amor a la libertad y a los derechos humanos. Elevados ideales han sido siempre la excusa esgrimida por los anglosajones en general para imponer su poder en el mundo, entre ellos la libertad como tema estelar. Han estado liberando el mundo por lo menos desde la época de Sir Francis Drake, como nosotros cristianizándolo píamente con Hernán Cortés o Francisco Pizarro. Estos mitos están muy bien para los crédulos. Los mitos de las guerras justas, como la guerra civil “americana”, que parece ser que incendió Norteamérica fundamentalmente para liberar a los negros, tan justiciera, por ejemplo, como la emprendida en 1898 contra el imperio del mal de España, sólo son objeto de devoción para los historiadores hipócritas con intereses inconfesables. Aún éstos secretamente, todos los historiadores saben que los estados no se movilizan por intereses humanitarios y desinteresados, sino por las razones concretas y egoístas tan magistralmente expuestas por Maquiavelo para sonroja pública. Sin embargo, hay expertos sospechosamente parciales que no tienen pudor en desvelar públicamente el maquiavelismo de las acciones de unos para afirmar que otros están sobre todo motivados por el bien, la libertad, la paz y otras razones dignas de cuento de hadas (“y se casó con el príncipe”, que diría María Antonia Iglesias). Aquí se ciñen al utopismo en un descarado caso de vil conveniencia. Quiero decir, que Francia, Rusia y China son repugnantes y encubren intereses egoístas con su presunto pacifismo, en tanto que Estados Unidos, Gran Bretaña y España son casi como los nuevos caballeros de la Tabla Redonda. El historial de Francia, en concreto, es exhibido por algunos como un reguero de desvergüenzas mientras el historial de Estados Unidos queda convenientemente olvidado.
Caballeros de la Tabla Redonda han aparecido reiteradamente en el cine norteamericano antes de esta guerra contra los del eje del mal, por ejemplo con el rostro de memo de Tom Hanks, penetrando en esta nuestra “Tierra Media” europea sometida por Sauron-Hitler en los años cuarenta para salvar a los europeos y a todos los humanos y medianos posibles. Estos santos varones, una vez neutralizado su enemigo, se dedicaron luego a otra labor “inevitable”: comulgar con el propio diablo con tal de acabar con el nuevo Sauron del comunismo. Por eso muchos hombres de Hitler fueron, sorprendentemente, puestos a salvo por la CIA; por eso también la gran madre de las democracias se convirtió igualmente en la gran madre de las dictaduras (¿será preciso recordar la escuela de las Américas o el general Pinochet?); por eso Estados Unidos prefiere que ningún tribunal penal internacional juzgue a gente como Saddam Hussein con tal de que tampoco se lleve a juicio a algunos de sus santos cruzados de la libertad mundial; por eso el adalid del mundo libre armó y patrocinó a extremistas y terroristas islámicos como a los talibanes y al propio Bin Laden, ahora malos de la película por arte de birlibirloque. Sólo se engaña quien quiere ser engañado: los “caballeros” norteamericanos no han sido ni son salvadores de nadie y la devastación europea de la segunda guerra mundial les vino de perlas. Ahora una Unión Europea fuerte les parece no sólo un peligro sino además una expresión de ingratitud: Europa debería parecerse más a Bulgaria o Turquía y menos a Francia, que no sabe ser una buena doméstica agradecida. Esto es realidad política y lo demás puro cuento infantil para un vulgo ignorante.
Pero, en fin, siguiendo con el cuento de los amigos de Washington se trataría de destruir una dictadura maligna. Otros dictadores malignos son “nuestros hijos de puta” y hay que protegerlos a toda costa. Volviendo a la segunda guerra mundial, Saddam es Hitler, y los kurdos, judíos en vías de exterminio. Los kurdos enfrentados a Turquía son terroristas. Todo depende siempre de quien sea el exterminador, si es el que nos interesa atacar o es el que nos interesa alimentar. Hace doce años de la anterior guerra del Golfo y Saddam ha seguido con su dictadura como el héroe de Fraga Iribarne siguió la suya, con sus ejecuciones domésticas y poco más. No ha habido invasiones ni se han usado armas de destrucción masiva ni genocidios. Pero tenía que venir el nuevo ranchero psicópata de la Casa Blanca, con unas ciento treinta ejecuciones manchando sus manos (¿cuántas ejecuciones tendrá en su conciencia el malvado Chirac?), para iniciar la caza y captura, o linchamiento, del malvado “negrito” iraquí, la nueva amenaza universal, el nuevo Hitler. Bush nos va a salvar otra vez y Aznar se une a él para que España salga de su rincón oscuro. Pero, ¿quién con dos dedos de frente se cree que Saddam, por muy nazi que sea, sea el nuevo Hitler; que suponga actualmente un peligro equivalente al de Hitler en su momento? Invadir un país por las buenas, porque nos parezca que su régimen es el mayor peligro del universo sin contar con prueba positiva alguna, es una aberración. Los nuevos cruzados por la libertad nos piden fe: “de verdad, creednos, nosotros sabemos que Saddam es el mayor peligro para el mundo”. La fe no puede servir para hacer algo como una guerra. Ni siquiera es una situación análoga a la de la guerra de Kosovo. Por mucho que deploremos esa guerra, al menos entonces el consenso internacional impedía el peligrosísimo enfrentamiento que ahora supone que Estados Unidos pretenda salirse con la suya pese a todas las razones en contra, sin más razón que la fe ciega en Bush, el predicador jefe que gobierna en la Casa Blanca al que la Divina Providencia parece dirigirse en privado. Ahora estamos en una situación tan tremenda como que una superpotencia haga, lisa y llanamente, lo que le venga en gana aduciendo pretextos incomprensibles para la inmensa mayoría de las naciones y de la opinión pública internacional, y esa superpotencia no podía ser otra que la patria de Billy el Niño y Búfalo Bill, de reconocida tradición de idolatría a las armas de fuego.
Quiero decir que Estados Unidos no es para mi el país de la libertad. El mito norteamericano de la revolución de 1776, de la guerra de secesión, etc., queda absolutamente desmentido por la cruda realidad de su actuación, no sólo imperialista sino opuesta a la discrepancia ideológica cuando se trata de opiniones contrarias a los grandes intereses patrióticos a los que se conmina a adherirse toda la población mediante un constante bombardeo propagandístico absolutamente idiotizador frente al que apenas se deja lugar a la voz discrepante (véase Chomsky). En ese país multicolor y fantástico no solamente hay pena de muerte como en China, también puedes desaparecer en el agujero negro destinado a los extranjeros sospechosos de ser terroristas (véase Guantánamo) y además existe censura y persecución ideológica, como han podido comprobar los actores que se han manifestado contra su iluminado predicador-presidente. Como vemos, la caza de brujas no es únicamente cosa del pasado, y no me estoy remontando a Salem 1692.
¿Queremos buscar el verdadero peligro máximo para nuestro mundo? Dirijamos nuestra mirada al bárbaro oeste donde reina la ley del colt, que pone y quita gobiernos a su antojo, que se salta a la torera los límites de alguna clase de legalidad internacional, la soberanía de las naciones y desprecia todas las culturas y los derechos de los demás con el objeto de pasar el aplastante rodillo de su poderío industrial y militar por donde le parezca mientras en su propio terreno escamotea la posibilidad de penetrar a la libre competencia de los otros. Ahí, en el bárbaro oeste, la capacidad armamentística supera todas las expectativas y sueños del mayor tirano de la historia, pero como es nuestro padre, nuestro amigo, nuestro guardián, ¿porqué tendríamos que temerlo? Y, por encima de todo, se trata de una democracia. No obstante, ¿no pone los pelos de punta pensar en una democracia donde hay un corredor de la muerte y se condena a la gente a trabajos forzados?
Quiero decir también que la democracia no son sólo las urnas. La democracia es el respeto escrupuloso y permanente a los derechos, las libertades y las posturas discrepantes. La democracia, ante todo, es patrimonio de quienes hacen de la solidaridad el estandarte de su acción en vez de imponer la ley del egoísmo, del sálvese el que pueda, del recorte de apoyo social mientras se promueve el medro de los ricos y poderosos. No es la derecha, precisamente, la que abandera ese estandarte. Los derechistas nos recuerdan a Stalin, Fidel Castro, los jemeres rojos, etc., como ejemplo de la mejor política de izquierdas. O sacan a relucir a los GAL. Bien, si imaginamos que ser de izquierdas equivale a ser un genocida y un dictador por el hecho de que gente así se ha presentado como izquierdista, tendremos razón. Pero son los hechos los que demuestran lo que se es, no las etiquetas. Pretenderse demócrata tampoco implica serlo. Como puede creerse cristiano quien quema herejes en una plaza pública y evidentemente lo es igual que lo fue Nerón. Ser de derechas es estar del lado de los patronos y los privilegiados que tratan de conservar su posición superior a la mayoría. Por eso ser de derechas es ser “conservador”. Ser de izquierdas, sin embargo, consiste en intentar siempre mejorar la sociedad para que todos seamos lo más iguales posibles en derechos y recursos de todo tipo, lo que lógicamente está en contra de los intereses de quienes quieren acaparar mayor poder y manejar la sociedad en su propio beneficio y no en el de todos. Por eso los grandes logros democráticos y sociales de los últimos siglos se deben a la sufrida y arriesgada lucha de la izquierda, en definitiva el pueblo, frente a la derecha, acomodada y soberbia. Así ha sido a lo largo de la historia y no deja de ser así en esta época en la que vivimos.
Luego está este títere con bigote llamado José María Aznar, elegido presidente del gobierno de España por mayoría absoluta. En Madrid también tenemos al tándem Esperanza-Gallardón, con mayoría absoluta, que cree que eso les permite convertirse en reyes magos con el dinero de todos los madrileños. Las democracias permiten errores. Hítler fue uno de ellos. Quizás, como los alemanes, o los madrileños, todos los españoles nos equivocamos. Yo no voté a Aznar, por lo que me libro de semejante responsabilidad. Sé que unos votaron aduciendo querer sólo una alternativa para un gobierno socialista de pena, y eligieron al más fuerte, al de apariencia más sólida y robusta para representar y gobernar al país; otros lo hicieron porque creían que Aznar y sus sicarios eran unos seres más sabios e impresionantes que el común de los mortales y había que seguirlos en todo, como a Mahoma. Esto, verdaderamente, no es una democracia, porque una democracia exige responsabilidad, exige saber qué votamos: no basta que sea una simple alternativa a algo, más o menos sólida, o que nos lidere una especie de semidios o caudillo al que hayamos de aplaudir todas las veces que mueva el labio inferior. Tenemos que ser plenamente conscientes de qué significa nuestro voto y para qué va a valer, como por ejemplo ahora, para una guerra tan disparatada como espantosa.
Aznar, este individuo que no apoyó la existencia de una constitución, y no precisamente por no hallarla lo suficientemente avanzada, fue presidente de un gobierno basado en esa constitución, que, gracias a su ambigüedad, le permitió ser lo más conservador posible, con actitudes tan autoritarias y opuestas a los intereses generales como las que bochornosamente hemos visto con el Prestige y la presente guerra. No sé si Felipe González habría hecho igual o peor, pero lo que sí me gustaría expresar con la suficiente claridad es la idea de que hay dirigentes democráticos que se tragan la democracia como un sapo, como el calvinista Enrique IV de Francia se tragó una misa por París, con el objeto de hacer luego de su capa un sallo y arrollarnos a todos cuantas veces se lo permita cualquier resquicio de impunidad en el sistema, y la democracia como teoría no es por sí misma garantía de nada. Ya digo: invocar meramente de palabra a la democracia, como tener siempre en la boca a la Santísima Trinidad, no ofrece resultado alguno si no se actúa por convicción, si no se demuestra con hechos aquello que de momento no existe más que en la pura vocalización que se lleva el viento, y cuanto más se mencione a la democracia en los discursos menos democracia existirá en la vida real.
Se llamó Hítler a Aznar ante el escándalo de muchos. No es, empero, tan escandaloso llamar Hítler a Aznar como que éste, en calidad nada menos que de presidente del gobierno español, nos llamara a la inmensa mayoría de la población del país donde gobierna “compañeros de viaje” de un individuo que él mismo compara con Hítler. Este individuo tan democrático nos hizo retroceder a épocas gloriosas cuando tachó a quienes se le oponían de desleales y poco patriotas, lo que vendría a ser como decir “antiespañoles”. Es decir: españoles de verdad y los otros, los… ¿batasunos? ¿rojos? Y claro, a alguno de los suyos sólo le faltaba tener que oír la internacional en el congreso cuando en realidad lo que sonaba era la marsellesa. Todo de izquierdas, todo subversivo, todo antiespañol. Yo diría que puro franquismo reciclado o fascismo light, pasado por la turmix de la constitucionalidad para quedarse al menos en los gestos, en las expresiones, y cuando resulta posible en algunas actuaciones.
Oí a Aznar y sus sicarios amar la paz. También Franco amaba la paz ganada honrosamente. Algunos contertulios aman la paz al estilo de Aznar y sus sicarios, después de algunos bombazos “legitimadores”, los bombazos que permitirían al fascista telepredicador-presidente Bush y su miserable lacayo hispano Aznar “restablecer la legalidad internacional” por cuenta y riesgo del tío Sam en base a la libre interpretación dictada por Dios mismo a la peculiar mente del mencionado telepredicador-presidente de la superpotencia más alucinante y alucinada de la historia, de la resolución 1.441 de Naciones Unidas. Quienes estaban con Bush y Aznar no amaban en absoluto la paz sino la pacificación del enemigo, porque confunden arteramente el concepto de paz, opuesto a guerra, con el de pacificación, que la tiene como requisito previo.
Una legitimación democrática que permita a un dirigente democrático hacer algo tan grave como una guerra en contra de la voluntad popular, como una legitimación democrática que permita que la ignorancia pública instaure la pena de muerte, no refleja democracia, sino dictadura disfrazada. Una democracia auténtica requiere educación del pueblo tanto como respeto por el pueblo, algo que en la actualidad brilla muchas veces por su ausencia. Tanto la barbarie de la muchedumbre como la capacidad de un dirigente para arrastrar a un país a su antojo personal por sentirse legitimado por las urnas no denotan democracia en absoluto y las urnas no pueden servir como pretexto para nada de esto. Aznar se expresaba como un Hítler que se hubiera tenido que tragar el sapo de la democracia establecida en 1978, pero que si estuviera en sus manos seguramente la recortaría o anularía. Demostró no ser más que un pequeño megalómano que buscaba a toda costa interpretar un papel estelar en el mundo y en la historia, y no le dolieron prendas si para ello tenía que intervenir en un genocidio del siglo XXI.
Alguien llamó también nazi a César Vidal Manzanares y todos se echaron las manos a la cabeza. Pero César Vidal Manzanares dijo que no era tan importante la muerte de niños en Bagdad porque también murieron niños en Dresde en otra guerra necesaria. Esto es desprecio por la vida humana propia de los nazis. ¿Acaso por haber muerto gente en Dresde, en concreto niños, tienen también que morir ahora, y no podría ser que incluso se hubiera evitado la masacre en Dresde, o era algo justo de lo cual congratularse? César Vidal Manzanares dijo que no se alegraba de la muerte de esos niños, como su compañera de viaje ideológico Curri Valenzuela, pero si tienen que morir, sacrificados al Moloch como mal menor, no les importa. Pues ya que, según piensan, ello resulta tan necesario como doloroso, entonces, si Curri o César tienen parientes, personas queridas, incluso hijos, que sigan el ejemplo de lo que exigen para otros y vayan ellos junto a esas personas hacia Bagdad para exponerse a las bombas y experimentar así lo mismo que aquéllos a los que su impasibilidad condena a la inevitabilidad de un bombardeo. Resulta muy cómodo considerar inevitable un bombardeo para otros, pero nosotros, los que estamos en contra de ese bombardeo, de esa guerra, no queremos bajo ningún concepto para los demás lo que no querríamos para nosotros mismos. Por eso, sería justo que quienes ven la muerte de niños a consecuencia de una guerra como algo inevitable lo experimentaran también en sus propias personas de acuerdo con sus deseos en relación con los demás. Así pues, creo también justo que quienes sienten tal desprecio por la vida humana que consideran que puede ser sacrificada a lo inevitable por concebirlo superior a esa vida humana puedan ser llamados “nazis”.
Otra cosa más bien alucinante es lo alegado por César Vidal Manzanares acerca de la oportuno de la guerra para evitar el conflicto con Marruecos. ¿Porqué la solución del conflicto con Marruecos, aliado fiel de Estados Unidos, aparece condicionada por la adhesión de España a las exigencias norteamericanas en la guerra contra Saddam? Muy sencillo: porque se trata de un puro y simple chantaje de parte de los norteamericanos de acuerdo con el cual, de no seguir sus dictámenes, nos echarían encima el rottweiler marroquí. Que tengamos que descender a la humillante posición de ceder ante semejante chantaje lo dice todo acerca de la mísera situación de España.
Una última y quizás innecesaria reflexión: si al parecer el malvado Saddam es capaz de complicadas maniobras para hurtar la presencia de armamento de destrucción masiva y armas químicas y biológicas a los inspectores de Naciones Unidas, ¿qué no serán capaces de hacer China, o los mismos Estados Unidos de Norteamérica, en los que, como en Dios, confiamos?
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