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A VUELTAS CON LA HOMOFOBIA
 
 
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La homofobia siempre ha estado presente en nuestra sociedad a lo largo de la historia. No voy ahora a reseñar los datos archisabidos que todo el mundo puede constatar sin gran dificultad en cualquier biblioteca o hemeroteca. Lo cierto es que el miedo a la libertad (Fromm) ha dejado a muchos indefensos frente a la intolerancia, curiosamente, de aquellos que más dicen defender el amor y la paz social (iglesia). Una educación sesgada y desorientada ha llevado a la mayoria de los mortales a la necesidad de repetir modelos y roles de conducta que necesariamente han conducido a la represión de los afectos y sentimientos mas primarios, y, por descontado, a la violencia frente a aquellos que han tenido la fortuna de superarla. Yo mismo fuí parte, cuando militaba en la Radical Gay, en una causa judicial contra una banda de adolescentes criminales que se dedicaban a apalear, vejar y robar a homosexuales que se daban cita en el parque del Retiro de Madrid, la banda del Gallego, como se hacía llamar.

Desgraciadamente fui testigo igualmente de otros muchos sucesos de corte homófobo, en toda clase de sitios, públicos y privados: todos los hombres (de orden) presuponen que cualquier otro que traten normalmente, si es que no demuestra a las claras su pluma y amaneramiento, es con toda seguridad heterosexual. Y, partiendo de esa base, ya es lógico que tanto el lenguaje como los actos conduzcan a compartir el mundo del don juan heterosexual, que siempre viene acompañado de misoginia y/o machismo, y homofobia. Esta presunción, mejor dicho prejuicio, ha llevado a aceptar y despues a obligar a que todos los hombres y mujeres se comporten de esa estereotipada manera. Y digo todo esto, en fechas como ésta, 10 de agosto de 2005, después de que ya esté en vigor la ley que regula el matrimonio homosexual, después de muchos años de lucha y denuncia de este tema, porque he venido leyendo noticias cada vez más alarmantes y amargas sobre conductas homófobas a niveles que no veía hace mucho tiempo: las declaraciones del ¿reputado? psiquiatra Aquilino Polaino, en el Congreso de los Diputados, han superado toda medida racional; y las objeciones de los jueces conservadores a aplicar la citada ley, aduciendo su posible anticonstitucionalidad, son, imagino, constitutivas de delito, no solo por no prestar un servicio que por deber de su cargo deben cumplir (ya que la ley es la ley, sin discusión para los que deben imponerla), sino por clara discriminación sexual (esto si que va contra la constitución).

Y es que, señores, con la Iglesia católica y apostólica hemos topado, unida a todos los poderes económicos que la apoyan (y políticos: PP), que, representados, entre otros, por el Foro de la Familia, están logrando desestabilizar esa paz social que tanto quieren. Lo único que demuestran es intolerancia, falta de respeto a los que no son ni piensan como ellos, así como a la misma democracia y a la mayoría de la opinión pública, que, afortunadamente, no son los que asistieron a esa demostración de fuerza, más bien mascarada de otros tiempos, que fue la manifestación que convocaron el pasado 16 de junio. Se junta todo esto con una ofensiva en todos los frentes de la derecha más reaccionaria de este país, que no puede soportar verse apeada del poder, y no deja de vociferar ante todo lo que se le pone por delane. Todo sirve para intentar demostrar la perversión de la izquierda, que desea anular esos valores eternos a los que tanto estabamos acostumbrados con el franquismo.

En este estado de cosas, la homofobia renace. Y un amigo mío relató al diario El País un suceso que le ocurrió recientemente, y que os voy a escribir literalmente:

"En la madruagada del viernes al sàbado 23 de julio, a eso de la una de la mañana, cogí un taxi en la Puerta del Sol de Madrid. Quería dirigirme junto con mi acompañante a su casa, acabábamos de tomar esa decisión. Sí, acompañante, pues aún no somos pareja, no lo puedo considerar así, se trata de alguien a quien he conocido hace poco, con quien noto que deseamos ir compartiendo más cosas, y además con quien he llegado al acuerdo de avanzar despacio en este complejo camino de los sentimientos creados en una nueva relación.
En esta situación de sentimientos agitados e indecisión ante qué pasos seguir exactamente, le dijimos al taxista que nos llevara hacia Legazpi. El taxista, en principio amablemente, se dirigió por la vorágine circulatoria de Madrid hcia la carrera de San Jerónimo y yo, obviamente, ni siquiera prestaba atención a lo que ocurría en el exterior, pues ya tenía bastante con sentir la mano de quien se hallaba a mi lado. Nos dimos un beso, aumentando la agitación de los sentimientos y, de repente, estando el taxi parado, el conductor se dirigió a nosotros y nos dijo: "bájense inmediatamente del vehículo". Yo me quedé sin palabra, no supe reaccionar, miré hacia el exterior por si ocurría algo, no vi nada extraño, y en el transcurso de unos quince segundos, me di cuenta que se trataba del beso, al taxista obviamente le habia molestado seriamente ser espectador de semejante acto de cariño, no podía soportar que dos hombres hicieran eso en su coche. Finalmente terminó despidiéndose con un "lo que me faltaba, llevar a maricones..." No lo consideré en absoluto un insulto, pero si una vejación a mis derechos y sobre todo una falta de respeto poco aceptable y deseable. En un intento de no entrar en discusión dejé de lado la ira y salí del coche sin mediar palabra.

Ahora pretendo llamar la atención de este individuo (a quien ya no puedo calificar de caballero) y a quienes estén de acuerdo con esta actitud.

No se trata de aplicar a gusto e indiscriminadamente la supuesta objeción de conciencia que pretende ser realizada por algunos cargos públicos y que obviamente se va a permitir, pues la ley y el sentido común lo desean.

En los últimos años han aparecido en rápida sucesión la objeción de conciencia fiscal, la objeción de conciencia al aborto, al jurado, a los juramentos promisorios, a ciertos tratamientos médicos, la resistencia a prescindir de ciertas vestimentas en la escuela o la Universidad, a trabajar en determinados dias festivos y un largo etcétera. La razón estriba en la diferencia entre la norma legal que impone un modo de actuación y la norma ética o moral que se opone a esa actuación. Si a eso se une una cierta incontinencia legal del poder, se entiende la eclosión de las objeciones de conciencia.
Esto es perfectamente admisible y en principio deseable, el problema radica cuando comienzan a extenderse actitudes de este tipo, como la del taxista, por doquier. Cualquiera puede comenzar a tomarse la ley por su mano, y comenzar a realizar "objeción de conciencia" en su labor, aunque sea pública, porque los políticos son los primeros que pasan por realizarlo.

El debate está iniciado, la lucha de los congéneres está servida, y la extensión de actitudes absolutamente irrespetuosas está en avance. Supongo que el tiempo y el desarrollo social curarán estas marcas negras de nuestro entorno, como tantas veces ha ocurrido en el pasado, pero cierto es que mientras tanto, no deberíamos fomentarlas, ¿alguien tiene una solución?"

Mi amigo Alberto fue víctima de un acto homófobo, que no hubiera sucedido si la carga reaccionaria que hemos sufrido en los últimos tiempos no hubiera alimentado este tipo de conductas agresivas e intolerantes, claramente irracionales. No es nada nuevo, como ya he dicho. Lo único que demuestra es que la involución siempre es posible, que cuando se cree que se avanza, o simplemente cuando se quiere aplicar una legislación progresista sobre una sociedad que se creía moderna y civilizada, uno se da de bruces con una realidad bastante más retrógrada. ¿Soluciones? se preguntaba mi amigo. Pues educación, señores, educación. Más atención a la cultura y menos a la especulación. Más atención a la calidad de vida, y menos a la ambición desmedida que conduce a la explotación miserable y a las diferencias abusivas. Una sociedad sana necesita saber distinguir claramente cuales son sus necesidades primarias, y entre ellas está la de saber convivir y respetar las ideas del otro y su forma de entender lo que le rodea. Si esto no se cumple tendremos una sociedad desestructurada y con graves enfrentamientos internos.
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