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En su interior el colegio se abría en dos patios que comunicaban por una puerta pequeña, semejante a la que en los seminarios da entrada al refectorio. Un patio correspondía a la primera enseñanza, niños de nueve a trece años. Los servicios estaban paralelizados con las tres aulas. Las salidas al servicio estaban regladas a una hora determinada, pero como es en extremo difícil que la cronometría impere sobre el corpúsculo de Malpighi o las contracciones finales de la asimilación, bastaba hacer un signo al profesor, para que éste lo dejase ir a su disfrute. El sadismo profesoral, en esa dimensión inapelable, se mostraba a veces de una crueldad otomana. Se recordaba el caso, comentado en secreto, de un estudiante que habiendo pedido permiso para volcar su ciamida de amonio y su azufre orgánico, negado dicho permiso se fue a unos retortijones que se descifraron en peritonitis, haciendo fosa. Ahora, cada alumno, cuando pedía permiso para "ir afuera", trataba de coaccionar sutilmente al profesor, situándose en la posibilidad de ser un adolescente asesinado por los dioses y al profesor en la de ser un sátrapa convulsionado. Cuidaba el patio un alumno de la clase de preparatoria, que entonces era el final de la primera enseñanza, un tal Farraluque, cruzado de vasco semititático y de habanera lánguida, que generalmente engendra un leptosomático adolescentario, con una cara tristona y ojerosa, pero dotado de una enorme verga. Era el encargado de vigilar el desfile de los menores por el servicio, en cuyo tiempo de duración un demonio priápico se posesionaba de él furiosamente, pues mientras duraba tal ceremonia desfilante, bailaba, alzaba los brazos como para pulsar aéreas castañuelas, manteniendo siempre toda la verga fuera de la bragueta. Se la enroscaba por los dedos, por el antebrazo, hacía como si le pegase, la regañaba, o la mimaba como a un niño tragón. La parte comprendida entre el balano y el glande era en extremo dimenticable, diríamos cometiendo un disculpable italianismo. Esa improvisada falaroscopía o ceremonia fálica era contemplada, desde las persianas del piso alto, por la doméstica ociosa, que mitad por melindre y mitad por vindicativos deseos, le llevó la esmesura de un chisme priápico a la oreja climatérica de la esposa del hijo de aquel Cuevaroliot, que tanto luchó con Alberto Olaya. Farraluque fue degradado de su puesto de Inspector de servicios escolares y durante varios domingos sucesivos tuvo que refugiarse en el salon de estudios, con rostro de fingida gravedad ante los demás compañeros, pues su sola contemplación se habia convertido en una puzada hilarante. El cinismo de su sexualidad lo llevaba a cubrirse con una máscara ceremoniosa, inclinando la cabeza o estrechando la mano con circunspección propia de una despedida académica.
Después que Farraluque fue confinado a un destierro momentáneo de su burlesco poderío, José Cemí tuvo oportunidad de contemplar otro ritual fálico. El órgano sexual de Farraluque reproducía en pequeño su leptosomía corporal. Su glande incluso se parecía a su rostro. La extensión del frenillo se asemejaba a su nariz, la prolongación abultada de la cúpula de la membranilla a su frente abombada. En las clases de bachillerato, la potencia fálica del guajiro Leregas, reinaba como la vara de Aarón. Su gladio demostrativo era la clase de geografía. Se escondía a la izquierda del profesor, en unos bancos amarillentos donde cabían como doce estudiantes. Mientras la clase cabeceaba, oyendo la explicación sobre el Gulf Stream, Leregas extraía su verga -con la misma indiferencia majestuosa del cuadro velazqueño donde se entrega la llave sobre un cojín- , breve como un dedal al principio, pero después como impulsada por un viento titánico, cobraba la longura de un antebrazo de trabajador manual. El órgano sexual de Leregas, no reproducía como el de Farraluque su rostro sino su cuerpo entero. En sus aventura sexuales, su falo no parecía penetrar sino abrazar el otro cuerpo. Erotismo por compresión, como un osezno que aprieta un castaño, así comenzaban sus primeros mugidos.
En frente del profesor que monótonamente recitaba el texto, se situaban, como es frecuente, los alumnos, ciencuenta o sesenta a lo sumo, pero a la izquierda, para aprovechar más el espacio, que se convertía en un embutido, dos bancos puestos horizontalmente. Al principio del primer banco, se sentaba Leregas. Como la tarima donde hablaba el profesor sobresalía dos cuartas, éste únicamente podía observar el rostro del coloso fálico. Con total desenvoltura e indiferencia acumulada, Leregas extraía su falo y sus testículos, adquiriendo, como un remolino que se trueca en columna, de un solo ímpetu el reto de un tamaño excepcional. Toda la fila horizontal y el resto de los alumnos en los bancos, contemplaba por debajo de la mesa del profesor, aquel tenaz cirio dispuesto a romper su balano envolvente, con un casquete sanguíneo extremadamente pulimentado. La clase no parpadeaba, profundizaba su silencio, creyendo el dómine que los alumnos seguían morosamente el hilo de su expresión discursiva. Era el corajudo ejercicio que la clase entera se imantase por el seco resplandor fálico del osezno guajiro. El silencio se hacía arbóreo, los más fingían que no miraban, otros exageraban su atención a las palabras volanderas e inservibles. Cuando la verga de Leregas se fue desinflando, comenzaron las toses, las risas nerviosas, a tocarse los codos para liberarse del estupefacto que habían atravesado. -Si siguen hablando me voy a ver precisado a expulsar a algunos alumnos de la clase- decía el profesorete, sin poder comprender el paso de la atención silenciosa a una progresiva turbamulta arremolinada.
Un adolescente con un germinativo tan tronitonante, tenía que tener un destino espantoso, según el dictado de la pitia délfica. Los espectadores de la clase pudieron observar que al aludir a las corrientes del golfo, el profesor extendía el brazo curvado como si fuese a acariciar las costas algosas, los corales y las anémonas del Caribe. Después del desenlace, pudimos darnos cuenta que el brazo curvado era como una capota que encubría los ojos pinchados por aquel improvisado Trajano columnario. El dólmen fálico de Leregas aquella mañana imantó con más decisión la ceñida curiosidad de aquellos peregrinos inmóviles en torno a aquel dios Término, que mostraba su desmesura priápica, pero sin ninguna socarronería ni podrida sonrisilla. Inclusive aumentó la habitual monotonía de su sexual tensión, colocando sobre la verga tres libros en octavo mayor, que se movían como tortugas presionadas por la fuerza expansiva de una fumarola. Remedaba una fábula hindú sobre el origen de los mundos. Cuando los libros como tortugas se verticalizaban, quedaban visibles las dos ovas enmarañadas en un nido de tucanes. El golpe de dados en aquella mañana, lanzado por el hastío de los dioses, iba a serle totalmente adverso a la arrogancia vital del poderoso guajiro. Los finales de las sílabas explicativas del profesor, sonaron como crótalos funéreos en un ceremonial de la isla de Chipre. Los alumnos al retirarse, ya finalizada la clase, parecían disciplinantes que esperan el sacerdote druída para la ejecución. Leregas salió de la clase con la cabeza gacha y con aire bobalicón. El profesor seriote, como quien acaricia el perro de un familiar muerto. Cuando ambos se cruzaron, una brusca descarga de adrenalina pasó a los músculos de los brazos del profesor, de tal manera que su mano derecha, movida como un halcón, fue a retumbar en la mejilla derecha de Leregas, y de inmediato su mano izquierda, cruzándose en aspa, en busca de la mejilla izquierda del presuntuoso vitalista. Leregas no tuvo una reacción de indignidad al sentir sus mejillas trocadas en un hangar para dos bofetadas suculentas. Dio un salto de payaso, de bailador cínico, pesada ave de río que da un triple ssalto entontecido. El mismo absorto de la clase ante el encandilamiento del faro alejandrino del guajiro, siguió al súbito de las bofetadas. El profesor con serena dignidad fue a llevar sus quejas a la dirección, los alumnos al pasar podían descifrar el embarazo del dómine para explicar el inaudito sucedido. Leregas siguió caminando, sin mirar en torno, llegando al salón de estudio con la lengua fuera de la boca. Su lengua tenía el rosado brioso de un perro de aguas. Se podía comparar entonces el tegumento de su glande con el de su cavidad bucal. Ambos ofrecían, desde el punto de vista del color, una rosa violeta, pero el del glande era seco, pulimentado, como en acecho para resistir la dilatación porosa de los momentos de erección; el de la boca abrillantaba sus tonos, reflejados por la saliva ligera, como la penetración de la resaca en un caracol orillero. Aquella tontería, con la que pretendía defenderse del final de la ceremonia priápica, no estaba exenta de cierto coqueteo, de cierto rejuego de indiferencia y de indolencia, como si la excepcional importancia del acto que mostraba, estuviera en él fuera de todo juicio valorativo. Su acto no había sido desafiante, sólo que no hacía el menor esfuerzo de la voluntad por evitarlo. La clase, en el segundo cuadrante de la mañana, transcurría en un tiempo propicio para los agolpamientos de la sangre galopante de los adolescentes, congregados para oir verdaderas naderías de una didáctica cabeceante. Su boca era un elemento receptivo de mera pasividad, donde la saliva reemplazaba el agua maternal. Parecía que había una enemistad entre esos dos órganos, donde la boca venía a situarse en el polo contrario del glande. Su misma bobalicona indiferencia, se colocaba de parte de la femineidad esbozada en el rosado líquido de la boca. Su eros enarcado se abatió totalmente al recibir las dos bofetadas profesorales. El recuerdo dejado por su boca en exceso húmeda, recordaba cómo el falo de los gigantes en el Egipto del paleolítico, o los gigantes engendrados por los ángeles y las hijas de los hombres, no era de un tamaño correspondiente a su gigantismo, sino, por el contrario, un agujero, tal como Miguel Angel pintaba el sexo en la creación de los mundos, donde el glande retrotraído esbozaba su diminuto cimborrio. Casi todos los que formaban el coro de sus espectadores, recordaban aquella temeridad enarcante en una mañana de estío, pero Cemí recordaba con más precisión la boca del desaforado privinciano, donde un pequeño pulpo parecía que se desperezaba, se deshacía en las mejillas como un humo, resbalaba por la canal de la lengua, rompiéndose en el suelo en una flor de hielo con hiladas de sangre.
Después que Leregas fue expulsado del colegio, debemos retomar el hilo del otro ejemplar priápico, Farraluque, que después de haber sido condenado a perder tres salidas dominicales volvió a provocar una prolongada cadeneta sexual, que tocaba en los prodigios. El primer domingo sin salida vagó por los silenciosos patios de recreo, por el salón de estudios que mostraba una vaciedad total. El transcurrir del tiempo se le hacía duro y lento, arena demasiado mojada dentro de la clepsidra. El tiempo se le había convertido en una sucesión de gotas de arena. Cremosa, goteante, interminable crema batida. Quería borrar el tiempo como el sueño, pero el tiempo y el sueño marchaban de espaldas, al final se daban dos palmadas y volvían a empezar como en los inicios de un duelo, espalda contra espalda, hasta que llegaban a un número convenido, pero los disparos no sonaban. Y sólo se prolongaba el olor del silencio dominical, la silenciosa pólvora algodonosa, que formaban nubes rápidas, carrozas fantasmales que llevaban una carta, con un cochero decapitado que se deshacía como el humo, a cada golpe de su látigo dentro de la niebla.
Farraluque volvía en su hastío a atravesar el patio, cuando observó que la criada del director bajaba la escalera, con el rostro en extremo placentero. Su paso revelaba que quería forzar un encuentro con el sancionado escolar. Era la misma que lo había observado detrás de las persianas, llevándole el drolático chisme a la esposa del director. Cuando pasó por su lado le dijo:
- ¿Por qué eres el único que te has quedado este domingo sin visitar a tus familiares? - Estoy castigado - le contestó secamente Farraluque -. Y lo peor del caso es que no sé por qué me han impuesto ese castigo. - El director y su esposa han salido - le contestó la criadita -. Estamos pintando la casa, si nos ayudas, procuraremos recompensarte -. Sin esperar respuesta, cogió por la mano a Farraluque, yendo a su lado mientras subían la escalera. Al llegar a la casa del director, vio que casi todos los objetos estaban empapelados y que el olor de la cal, de los barnices y del aguarrás, agudizaban las evaporaciones de todas esas substancias, escandalizando de súbito los sentidos.
Al llegar a la sala le soltó la mano a Farraluque y con fingida indiferencia trepó una escalerilla y comenzó a resbalar la brocha chorreante de cal por las paredes. Farraluque miró en torno y pudo apreciar que en la cama del primer cuarto la cocinera del director, mestiza mamey de unos diecinueva años henchidos, se sumergía en la intranquila serenidad aparente del sueño. Empujó la puerta entornada. El cuerpo de la prieta mamey reposaba de espaldas. La nitidez de su espalda se prolongaba hasta la bahía de sus glúteos resistentes, como un río profundo y oscuro entre dos colinas de cariciosa vegetación. Parecía que dormía. El ritmo de su respiración era secretamente anhelante, el sudor que le depositaba el estío en cada uno de los hoyuelos de su cuerpo, le comunicaba reflejos azulosos a determinadas regiones de sus espaldas. La sal depositada en cada una de esas hondonadas de su cuerpo parecía arder. Avivaba los reflejos de las tentaciones, unidas a esa lejanía que comunicaba el sueño. La cercanía retadora del cuerpo y la presencia enla lejanía de la ensoñación.
Farraluque se desnudó en una fulguración y saltó sobre el cuadrado de las delicias. Pero en ese instante la durmiente, sin desperezarse, dio una vuelta completa, ofreciendo la normalidad de su cuerpo al varón recién llegado. La continuidad sin sobresaltos de la respiración de la mestiza, evitaba la sospecha del fingimiento. A medida que el aguijón del leptosomático macrogenitosoma la penetraba, parecía como si fuera a voltear de nuevo, pero esas oscilaciones no rompían el ámbito de su sueño. Farraluque se encontraba en ese momento de la adolescencia, en el que al terminar la cópula, la erección permanece más allá de sus propios fines, convidando a veces a una masturbación frenética. La inmovilidad de la durmiente comenzaba ya a atemorizarlo, cuando al asomarse a la puerta del segundo cuarto, vio a la españolita que lo había traído de la mano, igualmente adormecida. El cuerpo de la españolita no tenía la distensión del de la mestiza, donde la melodía parecía que iba invadiendo la memoria muscular. Sus senos eran duros como la arcilla primigenia, su tronco tenía la resistencia de los pinares, su flor carnal era una araña gorda, nutrida de la resina de esos mismos pinares. Araña abultada, apretujada, como un embutido. El cilindro carnal de un poderoso adolescente, era el requerido para partir el arácnido por su centro. Pero Farraluque había adquirido sus malicias y muy pronto comenzaría a ejercitarlas. Los encuentros secretos de la españolita parecían más oscuros y de más difícil desciframiento. Su sexo parecía encorsetado, como un oso enano en una feria. Puerta de bronce, caballería de nubios, guardaban su virginidad. Labios para instrumentos de viento, duros como espadas.
Cuando Farraluque volvió a saltar sobre el cuadrado plumoso del segundo cuadro, la rotación de la españolita fue inversa a la de la mestiza. Ofrecía la llanura de sus espaldas y su bahía napolitana. Su círculo de cobre se rendía fácilmente a las rotundas embestidas del glande en todas las acumulaciones de su casquete sanguíneo. Eso nos convencía de que la españolita cuidaba teológicamente su virginidad, pero se despreocupaba en cuanto a la doncellez, a la restante integridad de su cuerpo. Las fáciles afluencias de sangre en la adolescencia, hicieron posible el prodigio de que una vez terminada una conjungación normal, pudiera comenzar otra "per angostam viam". Ese encuentro amoroso recordaba la incorporación de una serpiente muerta por la vencedora silbante. Anillo tras anillo, la otra extensa teoría flácida iba penetrando en el cuerpo de la serpiente vencedora, en aquellos monstruosos organismos que aún recordaban la indistinción de los comienzos del terciario donde la digestión y la reproducción formaban una sola función. La relajación del túnel a recorrer, demostraba en la españolita que eran frecuentes en su gruta las llegadas de la serpiente marina. La configuración fálica de Farraluque era en extremo propicia a esa penetración retrospectiva, pues su aguijón tenía un exagerado predominio de la longura sobre la raíz barbada. Con la astucia propia de una garduña pirenáica, la españolita dividió el tamaño incorporativo en tres zonas, que motivaban, más que pausas en el sueño, verdaderos resuellos de orgullosa victoria. El primer segmento aditivo correspondía al endurecido casquete del glande, unido a un fragmento rugoso, extremadamente tenso, que se extiende desde el contorno inferior del glande y el balano estirado como una cuerda para la resonancia. La segunda adición traía el sustentáculo de la resistencia, o el tallo propiamente dicho,que era la parte que más comprometía, pues daba el signo de si se abandonaría la incorporación o con denuedo se llegaría hasta el fin. Pero la españolita, con una tenacidad de ceramista clásico, que con sólo dos dedos le abre toda la boca a la jarra, llegó a unir las dos fibrillas de los contrarios, reconciliados en aquellas oscuridades. Torció el gesto y le dijo al macrogenitosoma una frase que éste no comprendió al principio, pero que después lo hizo sonreir de orgullo. Como es frecuente en las peninsulares, a las que su lujo vital las lleva a emplear gran número de expresiones criollas, pero fuera de significado, la petición dejada caer en el oído del atacante de los dos frentes establecidos, fue: "la ondulación permanente". Pero esta frase exhalada por el éxtasis de su vehemencia, nada tenía que ver con una dialéctica de las barberías. Consistía en pedir que el conductor de la energía, se golpease con la mano puesta de plano la fundamentación del falo introducido. A cada uno de esos golpes, sus éxtasis se trocaban en ondulaciones corporales. Era una cosquilla de los huesos, que ese golpe avivaba por toda la fuencia de los músculos impregnados de un Eros estelar. Esa frase había llegado a la españolita como un oscuro, pero sus sentidos le habían dado una explicación y una aplicación clara como la luz por los vitrales. Retiró Farraluque su aguijón, muy trabajado en aquella jornada de gloria, pero las ondulaciones continuaron en la hispánica espolique, hasta que lentamente su cuerpo fue transportado por el sueño.
Se prolongó la vibración de la campana, convocando para la asistencia al refectorio. Era el único comensal en aquel salón preparado para cuatrocientos alumnos ausentes en día del Señor. El mármol de la mesa, la blancura de las losas, la venerable masa del pan, las paredes de cal apuntaladas por las moscas, trajeron con sus motivos de Zurbarán, el contrapeso armonizador de aquel domingo orgiástico.
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El segundo domingo para el sancionado transcurrió con un aro subiendo y bajando las hondonadas de un tedio de agua embotellada. Al llegar el crepúsculo una leve brisa comenzó a insinuarse con cuatela. Un garzón miquito, hermano de la llamada cocinera mamey, penetró por el patio del colegio en busca de Farraluque. Le dijo que en la casa de enfrente, la señora quería también que le ayudara a pintar la casa. El priápico sintió el orgullo de que su nombre se extendía de la gloriola del patio de la escuela a la fama más anchurosa de la vecinería. Cuando penetró enla casa, vio la escalerilla y a su lado dos cubos de cal, más lejos la brocha, con las cerdillas relucientes, sin ningún residuo de un trabajo anterior. Estaba la brocha sin haber perdido su intacta alegría de un rebuscado elemento para una naturlaleza muerta de algún pintor de la escuela de Courbet. Como en una escenografía se situaba de nuevo una puerta entornada. La madura madona fingía sin destreza un sueño de modorra sensual. Farraluque también se creyó obligado a no fingir que creía en la dureza de semejante estado cataléptico. Así, antes de desnudarse, hizo asomar por los brazos todo el escándalo de las progresiones elásticas de su lombriz sonrosada. Sin abandonar el fingimiento de la somnolencia, la mujer empezó a alzar los brazos, a cruzarlos con rapidez, después ponía los dedos índice y medio de cada mano sobre los otros dos, formando un cuadrado, que se soldaba y se rompía frente a las proximidades de la Niké fálica. Cuando Farraluque saltó sobre el cuadrado espumoso por el exceso de almohadones, la mujer se curvó para acercarse a conversar con el instrumento penetrante. Sus labios secos al comienzo, después brevemente humedecidos, comenzaron a deslizarse por la filigrana del tejido poroso del glande. Muchos años más tarde él recordaría el comienzo de esa aventura, asociándola a una lección de historia, donde se consignaba que un emperador chino, mientras desfilaban interminablemente sus tropas, precedidas por las chirimías y atabales de combate, acariciaba una pieza de jade pulimentada casi diríamos con enloquecida artesanía. La viviente intuición de la mujer deseosa, le llevó a mostrar una impresionable especialidad en dos de las ocho partes de que consta una opoparika o unión bucal, según los textos sagrados de la India. Era el llamado mordisqueo de los bordes, es decir, con la punta de dos de sus dedos presionaba hacia abajo el falo, al mismo tiempo que con los labios y los dientes recorría el cortorno del casquete. Farraluque sintió algo semejante a la raíz de un caballo encandilado mordido por un tigre recién nacido. Sus dos anteriores encuentros sexuales, habían sido bastos y naturalizados, ahora entraba en el reino de la sutileza y de la diabólica especialización. El otro requisito exigido por el texto sagrado de los hindúes, y en el cual se mostraba también la especialidad, era el pulimento o torneadura de la alfombrilla lingual en torno a la cúpula del casquete, al mismo tiempo que con rítmocos movimientos cabeceantes, recorría toda la extensión del instrumento operante. Pero la madona a cada recorrido de la alfombrilla, se iba extendiendo con cautela hasta el círculo de cobre, exagerando sus transportes; como si estuviese arrebatada por la bacanal de Tannhauser tanteaba el frenesí ocasionado por el recorrido de la extensión fálica, encaminándose con una energía imperial hacia la gruta siniestra. Cuando creyó que la técnica coordinada del mordisqueo de los bordes y del pulimento de la extensión, iban a su final eyaculante, se lanzó hacia el caracol profundo, pero en ese instante Farraluque llevó con la rapidez que sólo brota del éxtasis su mano derecha a la cabellera de la madona, tirando con furia hacia arriba para mostrar la arrebatada górgona, chorreante del sudor ocasionado en la profundidades.
Esta vez abandonó la cama, mirando con ojos de félida la alcoba próxima. El final de su encuentro anterior, tenía algo de morderse la cola. Su final tan sólo agrandaba el deseo de un inmediato comienzo, pues la extrañeza de aquella inesperada situación, así como la extremada vigilancia ejercida sobre la Circe, afanosa de la gruta de la serpiente, había impedido que la afluencia normal de su energía se manifestase libremente. Quedaba un remanente, que el abrupto final había entrecortado, pesándole un cosquilleo en la nuca, como un corcho inexorable en la línea de flotación.
Con una altiva desnudez, ya sabía lo que le esperaba, penetró en el otro cuarto. Allí estaba el miquito, el hermano de la cocinera del director. Acostado de espaldas, con las piernas elegremente abiertas, mostraba el mismo color mamey de la carne de la hermana, brindando una facilidad externa, pero lleno de complicaciones ingenuas casi indescifrables. Fingía el sueño, pero con una malicia bien visible, pues con un ojo destapado y travieso le daba la vuelta al cuerpo de Farraluque, deteniéndose después en el punto culminante de la lanza.
Su mestizaje no se revelaba en la asimetría del rostro, sino en la brevedad exagerada de la nariz, en unos labios que mostraban la línea de un morado apenas visibles, en unos ojos verdosos de felino amansado, la cabellera cobraba una extensión de exagerada uniformidad, donde era imposible para la mirada aislar una hebra del resto de un grosor de noche cuando va a llover. El óvalo del rostro se cerraba con suavidad, atractivo para la sonriente pequeñez de las partes que albergaba. Los dientes pequeños, de un blanco cremoso. Enseñaba un incisivo cortado en forma triangular, que al sonreir mostraba la movilidad de la punta de su lengua, como si fuese tan sólo la mitad de la de una serpiente bífida. La movilidad de los labios se esbozaba sobre los dientes, tiñéndolos como de reflejos marinos. Tenía tres collares extendidos hasta la mitad del pecho. Los dos primeros de una blancura de masa de coco. El otro, mezclaba una semilla color madera con cinco cuentas rojas. El siena de su cuerpo profundizaba todos esos colores, dándoles un fondo de empalizada de ladrillo en el mediodía dorado. La astuta posición del miquito, decidió a Farraluque para que aceptase el reto del nuevo lecho, con las sábanas onduladas por las rotaciones del cuerpo que mostraba, como una lejana burla sagrada. Antes de penetrar Farraluque en el cuadro gozoso, observó que al rotar Adolfito, ya es hora que le demos su nombre, mostró el falo escondido entre las dos piernas, quedándole una pilosa concavidad, tensa por la presión ejercida por el falo en su escondite. Al empezar el encuentro Adolfito rotaba con increíble sagacidad, pues cuando Farraluque buscaba apuntalarlo, hurtaba la ruta de la serpiente, y cuando con su aguijón se empeñaba en sacar el del otro de su escondite, rotaba de nuevo, prometiéndole más remansada bahía a su espolón. Pero el placer en el miquito parece que consistía en esconderse, en hacer una invencible dificultad en el agresor sexual. No podía siquiera lograr lo que los contemporáneos de Petronio habían puesto de moda, la cópula "inter femora", el encuentro donde los muslos de las dos piernas provocan el chorro. La búsqueda de una bahía enloquecía a Farraluque, hasta que al fin el licor, en la parábola de su hombría, saltó sobre el pecho del miquito deleitoso, rotando éste al instante, como un bailarín prodigioso, y mostrando, al final del combate su espalda y sus piernas de nuevo diabólicamente abiertas, mientras rotando de nuevo friccionaba con las sábanas su pecho inundado de una savia sin finalidad.
El tercer domingo de castigo, los acontecimientos comenzaron a rodar y a enlazarse desde la mañana. Adolfito se salió de su hermandad con la cocinera del director, para deslizarse hasta el patio y así poder hablar con Farraluque. Ya él había hablado con las dos criadas del director, para que Farraluque pudiera ausentarse del colegio al comenzar el crepúsculo. Le dijo que "alguien", seducido por su arte de pintar con cal, lo quería conocer. Le dejó la llave del sitio donde habían de coincidir y al despedirse, como para darle seguridad, le dijo que si tenía tiempo iría a darle compañía. Como ya Farraluque descifraba con excesiva facilidad lo que quería decir para él pintura de cal, se limitó a inquirir por el "alguien" que debía ir a visitar. Pero el miquito le dijo que ya lo sabría, chasqueando la lengua en la oquedad de su incisivo triangular.
Llegó al número convenido de la calle Concordia. Introdujo el llavín, se desprendió como un cisco y dio un paso casi tambaleándose, pues había llegado a un bosque de niebla. ¿En qué profundos había caído? Después que su vista se fue acostumbrando, pudo darse cuenta que era una carbonería en donde se encontraba. Las primeras divisiones que rodeaban todo el cuadrado, estaban dedicadas al carbón ya muy dividido, para que los clientes se lo fueran llevando en cartuchos. Más arriba, los sacos traídos de la Ciénaga, grandes como pedruscos, extensos como filamentos de luz fría. Por último, las tortas de carbón vegetal, que se entremezclaban al otro carbón para favorecer el crecimiento de la llamarada inicial, cuyo surgimiento le arrancaba tantas maldiciones a los cocineros del siglo pasado, pues había que ser muy diestro para poner a dialogar en su oportunidad el fragmento más combustible de la madera con los pellizcos de la llamarada irritante.
Se adelantó para ver una diminuta pieza, iluminada por un pequeño ojo de buey. Allí se encontraba un hombre, con una madurez cercana a la media secularidad, desnudo, con las medias y los zapatos puestos, con un antifaz que hacía su rostro totalmente irreconocible. Apenas vio la presencia del esperado, se saltó casi para la otra pieza donde la niebla de carbón parecía que pintaba. Como un sacerdote de una hierofanía primaveral, empezó a desnudar al priápico como si le tornease, acariciando y saludando con un sentido reverencial todas las zonas erógenas, principalmente las de mayor longura carnosa. Era regordete, blancón, con pequeños oleajes de grasa en la región ventral. Farraluque comprobó que su papada era del tamaño de una bolsa testicular. La maestría en la incorporación de la serpiente era total, a medida que se dejaba ganar por el cuerpo penetrante se ponía rojo, como si en vez de recibir fuese a parir un monstruoso animal.
El tono apoplético de este tan poderoso incorporador del mundo exterior, fue en crescendo hasta adquirir verdaderos rugidos oraculares. Con las manos en alto apretaba los cordeles que cerraban los sacos carboníferos, hasta que sus dedos comenzaron a sangrar. Recordaba esas estampas, donde aparece Bafameto, el diablo andrógino, poseído por un cerdo desdentado, rodeada la cintura por una serpiente que se cruza en el sitio del sexo, inexorablemente vacío, mostrando su cabeza la serpiente, flácida, en oscilante suspensión. A la altura de su falo, que no cumplía la ley de la biología evolutiva de que a mayor función mayor órgano, pues, a pesar del neutro empleo que le impartía, su tamaño era de una insignia excepcional, lo que hizo reir a Farraluque, pues lo que en él era una presea de orgullo, algo para mostrar a los trescientos alumnos del patio de los primarios, en el sujeto recipiendario era ocultamiento de indiferencia, flacidez desdeñada por las raíces de la vida. A esa altura indicada, su falo acostumbrado a eyacular sin el calor de una envoltura carnal, se agitó como impulsado por la levedad de una brisa suave, pues dentro de la carbonería hacía un calor de máquina de vapor naval. Los cuerpos sudaban como si se encontraran en los más secretos pasadizos de una mina de carbón. Introdujo la vacilante verga en una hendidura de carbón, sus movimientos exasperados en los momentos finales de la pasión, hicieron que comenzara a desprenderse un cisco. Tiraba de los cordeles, le daba puñetazos a la concavidad de los sacos, puntapiés a los carbones subdivididos para la venta a los clientes más pobres. Esa sanguínea acumulación de su frenesí, motivaron la hecatombe final de la carbonería. Corría el cisco con el silencio de un río en el amanecer, después los carbones de imponente tamaño natural, aquellos que no están empequeñecidos por la pala, rodaban como en una gruta plifémica. Farraluque y el señor del antifaz fueron a refugiarse a la pequeña pieza vecina. El ruido de las tortas de carbón vegetal, burdos panales negros, era más retonante y de más arrecida frecuencia. Por la pequeñez del local, toda la variedad del carbón venía a rebotar, golpear o a dejar irregulares rayas negras en los cuerpos de estos dos irrisorios gladiadores, unidos por el hierro ablandado de la enajenación de los sexos.
El carbón al chocar con las losetas del suelo, no sonaba en directa relación con su tamaño, sino se deshacía en un crujido semejante a un perro danés que royese a un ratón blanco. Todos los sacos habían perdido su equilibrio de sostén, como si todos ellos hubieran sido golpeados por el maldito furor restrospectivo del cabellero del antifaz. Farraluque y su sumando contrario, no podían en la pequeña pieza contigua sostener el hundimiento de la mina. Muy pronto desistieron de cumplimentar el final de su vestimenta y sólo se cubrieron con las piezas para el indispensable pudor. Salió primero el del antifaz, con pliegues faciales aún rubicundos por la entrecortada aventura.
Farraluque sólo tuvo tiempo para ponerse los zapatos, el pantalón y el saco con una espiral negra que recorría todo su espaldar. Cruzó las solapas del saco para no mostrar la vellosilla del pecho. Vio en el centro de la calle, sentados en alegre bisbiseo, a un garzón soltando su trompo con Adolfito. Para irse quitando el susto, Farraluque se sentó con los dos golfillos. Creyendo penetrar en su alegría, el miquito le sonreía pensando en su fiesta sexual, pues estaba en ese momento en que la cócula era igualmente placentera para él si la ejercía con una albina dotada de la enorme protuberancia de un fibroma, como en un tronco de palma. No asociaba el placer sexual a ningún sentido estético, ni siquiera a la fascinación de los matices de la simpatía. Igualmente la presencia activa o pasiva de la cópula dependía de la ajena demanda. Si la vez anterior que había estado con Farraluque, se había mostrado esquivo, no era por subrayar ningún prejuicio moral, sino para preparar posteriores aventuras. La astucia era en él mucho más fuerte que la varonía, que le era indiferente y aún desconocida.
- ¿Ya sabes quién era el "alguien" que te esperaba?- le dijo Adolfito, tan pronto se alejó tirando de los cordeles del muchacho con quien hablaba.
Farraluque contestó alzando los hombros. Después se limitó a decir:
- No me interesó quitarle el antifaz.
- Pues detrás del antifaz, te hubieras encontrado con la cara del esposo de la señora de enfrente del colegio. Aquélla que tuviste que tirarle del pelo... terminó Adolfito sonriéndose.
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